sábado, 11 de febrero de 2017

… Con la mente en blanco, perdido, inmerso en un mar oscuro, en un mar lleno de dudas, de pena, de dolor, solo su recuerdo consigue mantenerme al otro lado, solo su recuerdo hace que me aferre a la consciencia y me mantiene cuerdo, sufriendo su perdida, extrañándola, echándola en falta más de lo que había imaginado, a menudo me pierdo en mis recuerdos y la veo como si aun estuviera conmigo, como si el tiempo no hubiera transcurrido, como si nada hubiera cambiado. Recuerdo mi niñez, son solo retazos de un tiempo en el que fui feliz cuando pensaba que el mundo me pertenecía, cuando empezaba a descubrir ese mundo las cosas maravillosas que nos rodean, cuando pensaba que nada malo podía sucederme, cuando el dolor aun no había llamado a mi puerta; en esos retazos siempre me acompañaba, me cogía de la mano y no dejaba que nada ni nadie me hiciese daño… Siempre con una sonrisa; después fuimos creciendo y tomando cada uno su camino, la vida es muy caprichosa y al final te hace echar de menos lo que antes echabas de mas, pero el tiempo hizo que volviéramos a apoyarnos y ahora era yo quien tenía que darle la mano, quien tenía que defenderla, quien tenía que sonreír por los dos… Llegados aquí, a este punto, la vorágine en la que se encuentra mi mente alcanza su punto más álgido, es cuando más cercana se encuentra a esa fina línea que separa lo real de lo irreal, o es la cordura de la locura, no lo sé, por más que regreso a este estado no encuentro respuesta, mi mente flaquea asediada por los recuerdos, por las dudas, por la fe perdida, incapaz de sentir otra cosa que no sea pena, una pena que me sumerge en la inconsciencia… el único lugar que sabe de mi pena… Quizás no sea el único… Quizás vosotr@s los que me leéis hayáis atisbado esa tempestad que no consigo aplacar.

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